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Comunicadores Charrúas

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  • Profeso la Horizontalidad como nuestros ancestros Charrúas. Activista social desde el corazón.
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Este artículo contiene dos videos

de la Campaña y la Totalidad del

contenido del Convenio 169 de la OIT

sobre pueblos indígenas y tribales.

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3 junio 2011 5 03 /06 /junio /2011 18:51

http://www.servindi.org/img//2009/04/plantas-medicinales.jpgPor Joel Lozano Ramirez*

3 de junio, 2011.- Como bien se viene haciendo referencia, el Perú es un país multilingüe y multicultural, que alberga solamente en la amazonia aproximadamente 13 familias lingüísticas repartidas en alrededor de 60 grupos étnicos y que suman más de 332,000 habitantes (1).  Esta diversidad plantea una serie de retos para el estado que tenemos, el cual si bien es cierto en la constitución celebra la diversidad de culturas, en la práctica los pueblos con patrones culturales diferentes han sido, a lo largo de nuestra historia, postergados e impedidos de formar parte de una idea de nación.

Esta postergación histórica de las poblaciones indígenas se trasluce en los ámbitos económicos, políticos y sociales. En esta reflexión abordaré el tema de la salud en poblaciones indígenas para tratar de evidenciar la situación de vulnerabilidad en la que éstas se encuentran, situación por demás preocupante que urge nuevas formas de afrontar la problemática.

Quisiera empezar este análisis con algunas interrogantes que me parecen pertinentes: ¿por qué los pobladores indígenas presentan una mayor vulnerabilidad con respecto a otros sectores de la población? ¿Cuáles son los factores que acentúan esta vulnerabilidad y repercuten en la salud de estas poblaciones?

Para responder a estas inquietudes, se proponen algunas ideas que pretenden incentivar a la reflexión y al análisis de la situación.

Sería conveniente, para enmarcar la problemática, partir desde una perspectiva histórica que nos muestra cómo desde la llegada de los españoles, éstos emprendieron la tarea de “construir” un tipo de indígena, cuyas características esenciales coincidían con los rasgos más negativos de lo que se ha denominado la cultura occidental: el indígena era un ser pagano, naturalmente inferior, iletrado, primitivo e incapaz de encaminarse por las sendas de la modernidad y del progreso.

La constitución de la República peruana estuvo atravesada por este imaginario que estigmatizaba y subordinaba al indígena, lo cual en el plano político se reflejaba en la imposibilidad de estos para ejercer sus derechos consustanciales a la noción de ciudadanía, pero que, sin embargo, se encontraban obligados a cumplir con sus deberes. En palabras de Nelson Manrique:

“se creó una sociedad donde no existían propiamente ciudadanos, sujetos de derecho. La ciudadanía supone sujetos autónomos y responsables que tienen derechos, que tienen, como contrapartida, determinados deberes, consagrados unos y otros por las leyes. Lo que se tenía aquí, en el caso de los indígenas, era peruanos que tenían deberes sin la contrapartida de los derechos correspondientes, es decir sujetos de deberes, de una parte; por la otra, sujetos de privilegios, que tenían derechos sin los correspondientes deberes, para los no indígenas.

(…) los indígenas y los negros fueron excluidos de la ciudadanía, y al comenzar la República fueron considerados ciudadanos de la nueva nación sólo los criollos y los mestizos. De esta manera, se excluyeron más de las nueve décimas partes de los peruanos, mientras que la décima parte restante se sentía la encarnación de la nación misma. Se fundó así una República sin ciudadanos. (2)”

Los resultados de este proceso de producción y reproducción de discursos que inferiorizaban al indígena se hicieron visibles: sus conocimientos, concepciones y formas de darle sentido a su entorno, sus lenguas, sus historias, en suma, sus universos sociales, se constituyeron en estigmas del retraso, en elementos que deberían abandonarse para alcanzar la modernidad y el desarrollo. Todos aquellos saberes que no ingresaban dentro de los marcos de referencia de la ciencia occidental pasaban a un segundo nivel. Esta forma de dominación se vio fortalecida cuando las poblaciones indígenas interiorizaron, en alguna medida, la supremacía de los valores occidentales:

“La meta era, en primer lugar, lograr que los subyugados interiorizaran como autoimagen la imagen que los colonizadores tenían de ellos y, al mismo tiempo, que interiorizaran como imagen de los colonizadores la que ellos tenían de sí mismos. De esta manera se lograba no solamente deteriorar la identidad étnica de los indígenas, sino que ellos incorporaran una autoimagen negativa que favoreciera el auto-menosprecio y el aprecio del colonizador”. (3)

Los sistemas médicos indígenas, en este escenario, no fueron la excepción pues sus técnicas y métodos sanatorios fueron llevados al plano de la superchería y la superstición. A este respecto, es interesante constatar que la propia Organización Mundial de la Salud (OMS), concluida la segunda guerra mundial, mantenía la idea de que “había que exportar la tecnología y el conocimiento médico occidental a los pueblos primitivos”, peyorizando los sistemas médicos, restándole cientificidad y eficacia a los conocimientos y tecnologías de los grupos indígenas. Esto tenía que ver, sin duda, con una confrontación de discursos y conocimientos mediados por el poder, en donde lo occidental consiguió, mediante diversas modalidades simbólicas y a veces violentas, superponerse sobre los “otros discursos”, sobre los “no occidentales”. (4)

En este sentido, cuando decimos que en nuestro país las poblaciones indígenas presentan una mayor vulnerabilidad con respecto a los demás sectores de la población, que se encuentran más susceptibles al daño y más propensas a ser afectadas por dolencias o enfermedades que no diezmarían ni causarían severos estragos a otros grupos sociales, lo que queremos decir es que ésta situación no es fortuita, sino que es producto de un proceso histórico que ha construido un imaginario que degenera la propia condición de indígena y que tiene su correlato no sólo en el plano de las ideas, sino en la realidad misma: los indígenas presentan los índices más altos de pobreza, analfabetismo y mayores riesgos a ser afectados por epidemias. (5)

Así, tenemos que el departamento de Loreto, que abarca cerca de la tercera parte de la población indígena (31.8%) cuenta con 54.6% de pobreza y un 23.8% de habitantes en pobreza extrema; Junín (22,1%), cuenta con 43.0% de pobreza y un 13.4% de habitantes en pobreza extrema; Amazonas (15,7%) cuenta con 55.0% de pobreza y un 19.6% de habitantes en pobreza extrema; Ucayali (12.1%) cuenta con un 45.0% de pobreza y un 19.8% de habitantes en pobreza extrema, solo para mencionar los departamentos en donde existe mayor cantidad de poblaciones indígenas. (6)

Además, cabe mencionar que dentro de estas poblaciones, asentados en su mayoría en las zonas rurales, los niños y adolescentes son los grupos etarios más afectados, llegando a un 60% con respecto al promedio nacional, y el doble con relación a la incidencia en los espacios urbanos(7) . Según el informe de la CEPAL “Vulnerabilidad social: Nociones e implicancias de Políticas para Latinoamérica a inicios del siglo XXI”, la vulnerabilidad:

“Es entendida como un proceso multidimensional que confluye en el riesgo o probabilidad del individuo, hogar o comunidad de ser herido, lesionado o dañado ante cambios o permanencias de situaciones externas y/o externas. La vulnerabilidad social de sujetos y colectivos de población se expresa de varias formas, ya sea como fragilidad e indefensión ante cambios originados en el entorno, como amparo institucional desde el estado que no contribuye a fortalecer ni cuida sistemáticamente de sus ciudadanos; como debilidad interna para afrontar concretamente los cambios necesarios del individuo u hogar para aprovechar el conjunto de oportunidades que se le presenta; como inseguridad permanente que paraliza, incapacita y desmotiva la posibilidad de pensar estrategias y actuar a futuro para lograr mejores niveles de bienestar” (8).

De acuerdo con esta definición, y con lo mencionado anteriormente, las poblaciones indígenas representan en nuestro país a los grupos más vulnerables, debido a la desatención de los sucesivos gobiernos, debido a la persistente exclusión y marginación (en el continente se pueden apreciar casos bastante similares) (9) y debido, además, a que nos encontramos en un momento en el cual sus universos sociales se ven seriamente amenazados por los contactos intempestivos con empresas extractivas que en los últimos años se han incrementado notablemente y para lo cual no existen hasta la fecha mecanismos de consulta orientados a una participación efectiva.

Vale decir que el estado que tenemos, al haberse instituido bajo la hegemonía del discurso occidental, ha mantenido relegadas a estas poblaciones y, a pesar de algunas iniciativas orientadas a deconstruir esta hegemonía, aún manifiesta resistencias para comprender y acoger la diversidad. Todos estos elementos, en conjunto, inciden decisivamente en la salud de los indígenas de nuestra amazonia y representan lo que la OMS ha definido como los Determinantes Sociales de la Salud, que vienen a ser las condiciones o circunstancias estructurales en donde una población determinada nace, crece, trabaja y envejece. La falta de empleo, los bajos salarios, la exclusión étnica y territorios en peligro de contaminación condicionan la salud y el bienestar de los grupos sociales; estos factores tienen su origen en

“Una distribución desigual, a nivel mundial y nacional, del poder, los ingresos, los bienes y los servicios, y por las consiguientes injusticias que afectan a las condiciones de vida de la población de forma inmediata y visible (acceso a atención sanitaria, escolarización, educación, condiciones de trabajo y tiempo libre, vivienda, comunidades, pueblos o ciudades) y a la posibilidad de tener una vida próspera” (10).

En este contexto habría que plantearnos una nueva interrogante: ¿qué hacer para revertir esta situación desventajosa para las poblaciones indígenas?

Pienso que sería temerario formular una sola respuesta para este problemática, pero se podrían ensayar algunas propuestas tentativas. En lo que sí debería existir unanimidad y certeza es que para afrontar esta compleja situación, se deben reformular las miradas: la exclusión, marginación y postergación hacia estas poblaciones sólo porque posean marcos de referencia culturales diferentes a los nuestros, no forma parte de la solución. Adoptar esta postura significa asumir que la diversidad cultural es un problema, que los indígenas, sus conocimientos y formas de vida implican retroceso, primitivismo y arcaísmo. Implica desconocer que todos los grupos sociales, sin excepción, se constituyen en relación y en contacto con los otros; implica, entonces, negar la funcionalidad y la riqueza de la diversidad.

Ahora bien, la situación en la que se encuentran las poblaciones indígenas responde a un largo proceso histórico de negación, postergación y dominación occidental sobre lo indígena, por lo que no se trata de un problema superficial, sino, más bien, estructural que atraviesa las relaciones de nuestra sociedad.

Un primer desafío sería, dentro de este derrotero, buscar los mecanismos para tratar de equilibrar la balanza del poder que hegemoniza lo occidental. Para ello, y en aras de propiciar relaciones menos verticalizadas y menos jerárquicas entre los grupos, la interculturalidad puede ser un punto de partida para el diálogo y el intercambio de experiencias, de conocimientos y de subjetividades que enriquezcan las interacciones entre las culturas.

Pero debemos diferenciar, como sugiere Norma Fuller, una interculturalidad de hecho (la cual se vislumbra en los estados-nación en donde coexisten grupos culturalmente diversos en permanente contacto), de una interculturalidad como propuesta ético-política, la cual consiste en apostar por un proyecto colectivo de diálogo e interacción mediados por pautas de convivencia, valoración mutua y respeto entre las culturas. Esta propuesta ético-política (sustentada en lo que “debería ser”) se presenta indesligable de la noción de ciudadanía ya que

“Busca perfeccionar el concepto de ciudadanía con el fin de añadir a los derechos ya consagrados de libertad e igualdad ante la ley, el del reconocimiento de los derechos culturales de los pueblos, culturas y grupos étnicos que conviven dentro de las fronteras de las naciones-estado”. (11)

En el campo de la salud, la interculturalidad como proyecto político es fundamental ya que apunta a poner en primer orden no solamente los sistemas médicos indígenas, sino a la totalidad de sus universos sociales; busca construir escenarios donde se escuchen las voces de los históricamente excluidos, de los que por su condición de indígenas han sido empujados hacia las periferias.

En este sentido, los sistemas médicos se revalorarían pues se estaría considerando a los indígenas como actores sociales que producen y han producido conocimientos también válidos, con la diferencia de que contemplan escenarios tal vez más amplios de la condición humana: lo espiritual, lo mágico-religioso. Esto implicaría que el estado asuma el enfoque intercultural como parte prioritaria de su agenda, implicaría acoger la interculturalidad como una política estatal, lo cual ameritaría una reestructuración del mismo. Sin una participación activa del estado, sin un compromiso decidido de las instituciones estatales, la inserción de la interculturalidad en salud (así como en otros ámbitos como educación, la política o la economía) no serían sostenibles. A decir de Tubino:

“Las políticas interculturales de estado hacen posible el surgimiento de la ciudadanía intercultural en la esfera micro social, en el ámbito de las relaciones inter-personales. La interculturalidad es, pues, también y sobre todo, un asunto de Estado” (12).

En el plano aplicativo, afrontar los determinantes sociales de la salud es también fundamental para reducir las desigualdades en el acceso a la salud y disminuir la vulnerabilidad de las poblaciones indígenas, para lo cual asumir la salud como un derecho humano es vital. En la Reunión Anual de Ministros de Salud realizada en Brasilia el 2006 sobre los determinantes sociales se concluye que:

“La reafirmación que la salud es un DERECHO HUMANO garantizado por el Estado y no una mercancía sujeta a las reglas del mercado. El derecho a la salud implica derechos tanto en el acceso universal a los servicios de salud y educación (superando la marginación a la que actualmente son sujetos muchos de los grupos representados en la consulta); como también derechos en los determinantes sociales como vivienda, alimentación, trabajo digno, participación ciudadana, entre otros”(13).

La importancia de estas consideraciones para la salud de las poblaciones indígenas es alta, debido a que estas aún permanecen aisladas y desprotegidas únicamente por ser diferentes. Ser conscientes de estos procesos es un ejercicio de autocrítica necesario para tratar de replantear nuestras formas de relacionarnos con la diversidad; la interculturalidad como propuesta política busca tender los puentes y aperturar espacios para el diálogo y el intercambio entre los diferentes grupos, respetando al otro y aprendiendo con él en la interacción. El promover la diversidad y las diferencias entre los grupos no significa acrecentar las desigualdades, sino reducirlas y manejarlas. Esta labor debería interpelarnos a todos.

Bibliografía

  • II Censo de Comunidades Indígenas. Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), 2007
  • DE MIGUEL, Jesús. Introducción al Campo de la Antropología Médica. En: La Antropología Médica en Expaña. Anagrama, Barcelona, 1980
  • FULLER, Norma. Interculturalidad y Política: Desafíos y Posibilidades. IEP, Lima, 2003.
  • Subsanar las Desigualdades en una Generación. Alcanzar la Equidad Sanitaria Actuando sobre los Determinantes Sociales de la Salud. OMS, Buenos Aires, 2009.
  • TUBINO, Fidel. Entre el Multiculturalismo y la Interculturalidad: más allá de la discriminación positiva. En: Interculturalidad y Política: Desafíos y Posibilidades. IEP, Lima, 2003.
  • VILLAR, Eugenio. Los Determinantes Sociales de Salud y la Lucha por la Equidad en Salud: desafíos para el estado y la sociedad civil. Vease: http://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0104-12902007000300002
  • ZARIQUIEY, Roberto (Editor). Actas del V Congreso Latinoamericano de Educación Intercultural Bilingüe “Realidad Multilingüe y Desafío Intercultural. Ciudadanía, Cultura y Educación”. PUCP, Lima, 2003.

*Joel Lozano Ramírez es licenciado en Antropología por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Natural de Loreto es investigador especializado en salud de los pueblos indígenas.

 

Del Romanticismo a la Solidaridad, Bernardino GarcíaAbuelo Charrúa

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