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Comunicadores Charrúas

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  • Profeso la Horizontalidad como nuestros ancestros Charrúas. Activista social desde el corazón.
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Este artículo contiene dos videos

de la Campaña y la Totalidad del

contenido del Convenio 169 de la OIT

sobre pueblos indígenas y tribales.

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22 marzo 2011 2 22 /03 /marzo /2011 02:26

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http://static2.elespectador.com/files/images/201103/dbe4f1c5b27945391e9568e88056104a.jpgFoto Daniel Gómez

Por Élber Gutiérrez Roa*

En un esfuerzo intenso por sobrevivir sin desprenderse de su cultura, más de 15 mil indígenas habitan la capital.

El Espectador, 21 de marzo, 2011.- La comunidad muisca tiene cerca de 10 mil integrantes en Bogotá, la mayoría de los cuales son niños de los cabildos de Bosa y Suba.

Libran mil batallas a la vez. Contra la violencia que los desplazó, la indiferencia estatal, los prejuicios de la ciudad en que se alojan y hasta con la tentación de sucumbir ante la cultura de los blancos, en cuyo mundo de siete millones de habitantes se abren paso.

Se trata de los indígenas de Bogotá. De 15.032 personas que según las cifras oficiales cuentan con asistencia social, pero que de todas formas son vistas con recelo e ignorancia por una ciudad que tiene a homogenizarlos, sin reparar siquiera en que entre ellos mismos existen marcadas diferencias.

De nueve pueblos principales, de los cuales cinco cuentan con reconocimiento de cabildos ante el Ministerio del Interior(muiscas de Suba y Bosa, Kichwa, Inga y Ambiká Pijao) y los oros cuatro están avalados como cabildos distritales ( Nasa, Pastos, Misak o Guambias y Yanacona). Y de una docena más de grupos poblacionales que, ya por tamaño, desconfianza frente a las instituciones o grado de organización aún no tienen interlocución con las autoridades.

De esos sobre los que poco aparecen registros noticiosos y con frecuencia son confundidos con otros por su forma de vestir o hablar. De los Arhuacos, koreguaje, tubu, zenu, muinane, kankuamos, wayuú, tikuna, uitoto, kamëntzá, muruy y muchos más.

La mitad son desplazados y la mayoría (cerca de 10.000) proceden de comunidades muiscas de la sabana. La mayoría integran familias de escasos recursos económicos. Todos siguen esperando la política pública indígena distrital, que debería ser realidad en 2010. Y todos también están hoy de fiesta, pues es el IV Encuentro de Pueblos Aborígenes de la Ciudad.

La comunidad muisca

Durante muchos años fueron los únicos habitantes del altiplano cundiboyacense, pero el rápido proceso de urbanización de Bogotá terminó por desplazarlos o hacer que terminaran cooptados por la mezcla de culturas que caracteriza a la capital. Tras la pérdida del muiscqubun (lengua oficial muisca de la familia Chibcha) es la misma comunidad la que está en riesgo de desaparición.

En Bogotá ya son menos de 10 mil los muiscas, asentados especialmente en Bosa y Suba. Otros fueron obligados a retirarse hacia Sesquilé, Cota, Chía y Soacha, en donde se les ve como grupo homogéneo, sean zipas o bochicas.

Los nasa, hombres de las estrellas

En los barrios Patio Bonito y Dindalito, de la localidad de Kennedy, vive el 70% de los 412 miembros de la familia nasa que habitan Bogotá. Son unas 130 familias, integradas en una comunidad que desde hace 25 años comenzó a formarse y que sólo desde 1994 fue reconocido como Asociación Indígena Páez.

Desde 2004 tiene categoría de cabildo, lo que le permite interlocución directa con las autoridades distritales. Lo integran unas 130 familias descendientes u oriundas del Cauca, que por desplazamiento y otras amenazas derivadas del conflicto armado terminaron migrando a la capital. En lengua nasa yuwe la palabra nasa quiere decir “hijos de las estrellas”, legado que sus miembros defienden así ya no habiten las tierras de sus abuelos.

Los wounaan

Viven como desplazados en los barrios Vista Hermosa y Lucero Bajo, de la localidad de Ciudad Bolívar, a los que llegaron luego de que la violencia entre paramilitares y guerrilleros los obligó a dejar el resguardo San Antonia de Togorama y las tierras entre Quibdó e Istmina (Chocó), en las que tenían su vida. Otros provienen del Bajo San Juan, límites entre Chocó y Valle.

Se trajeron sus danzas y su lengua, pero viven hacinados en Bogotá. Son unas 70 personas, 15 familias. Otros fueron a dar a Madrid, Cundinamarca, en donde viven en las mismas condiciones de abandono.

Son cercanos a la familia emberá del Pacífico y hasta provienen de la misma familia lingüística.

Arhuacos, koguis y wiwas

La llegada de indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta a Bogotá obedece a razones que van desde el interés de las mujeres por difundir su cultura (como el caso de la hoy concejala Ati Quigua), hasta circunstancias de estudio y comercio, como ocurrió con los jóvenes productores de café orgánico.

Pero sin duda la mayoría de miembros de los tres grupos de la Sierra que viven en Bogotá (arhuacos, koguis y wiwas) lo hacen porque tuvieron que huir de la violencia paramilitar que, entre 1998 y 2005, se ensañó contra la región, ante la relevancia adquirida por el negocio de las drogas ilícitas. En su arremetida por la Sierra, los exjefes de las autodefensas aplicaron una práctica de exterminio contra los indígenas, cobrando la vida de 300 personas, sólo entre la comunidad kankuamo, según datos de la ONIC.

Las nuevas dinámicas socioculturales y demográficas también hicieron que los otrora aferrados habitantes de la Sierra buscasen desde hace varias décadas refugio en Valledupar, primero, y luego en la capital.

Dichas familias están representadas ante las autoridades distritales por la Confederación Indígena Tayrona, avalada para gestionar proyectos para el fortalecimiento de su cultura y la resolución de sus problemas.

Los pueblos amazónicos

Salidos de Komtmafo, en el centro de la tierra, los uitoto del Amazonas colombiano están vivos porque sus creencias les enseñaron a vivir en el mundo de los blancos. El genocidio cauchero de comienzos del siglo XX no logró acabarlos, aunque se llevó a unas 40 mil personas (ellos dicen que fueron 70 mil), quemadas vivas, fusiladas, mutiladas o descuartizadas por sus patrones durante el apogeo de la Casa Arana, en la frontera entre Colombia y Perú.

Quienes sobrevivieron, huyeron. Se fueron con sus saberes y sus mambeaderos de coca y sus cenizas de yarumo a otras zonas del Amazonas, Putumayo, Caquetá.

Unos 300 de ellos están en Bogotá, en las localidades de Santa Fe, Ciudad Bolívar, San Cristóbal, Bosa y Fontibón, especialmente. Viven de las ventas ambulantes, la construcción y el servicio doméstico. Hablan su lengua, casi extinta, al decir del Atlas Sociolíngüístico de A. Latina.

Los Ambiká Pijao

Desde que tuvo origen en la Gran Laguna Seca, el pueblo pijao lleva cinco siglos huyendo. Primero fue de los españoles que llegaron con discursos evangelizantes y prácticas ignominiosas hasta los municipios tolimenses de Coyaima, Natagaima, Ortega, Chaparral y Purificación. Vino luego la violencia de mediados del siglo XX, que los obligó a buscar ríos como el Tetuán y el Coello, a refugiarse en las montañas y a correr hacia Bogotá, en donde hay 1.301 miembros de 336 familias de su etnia, según el Distrito. Casi todos son artesanos viven en Usme y Ciudad Bolívar.

* Élber Gutiérrez Roa es periodista de El Espectador

Fuente:

El Espectsdor:  http://www.elespectador.com/impreso/bogota/articulo-257842-lucha-de-los-hijos-de-bacata

 

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